Lo cierto es
que cuando leí la consigna del parcial por primera vez, me sentí más bien
contrariada. Hace mucho tiempo que no escribo más que parciales, monografias u
otros escritos académicos del estilo. Me dio un poco de miedo volver a
enfrentarme con mi “yo” creativo. Bueno, no tenía opción, o sí, pero no hacer
el parcial me parecía una pavada siendo que no me estaban realmente pidiendo
algo tan complicado… excepto producir algo donde cruzara lo leído durante el
primer cuatrimestre con la ficción. Bueno, no era tan fácil, tampoco.
Fui
considerando las opciones dadas: un cielito “esh imposhible”, me dije al minuto
de intentarlo; una historieta tampoco, no me daba la imaginación y no sé
dibujar; una escena teatral era factible, pero cada vez que intentaba hacerla,
se me desarmaba rápidamente.
Bueno,
conclusión: hacemos el diálogo platónico. ¡Uf! ¿Cómo era un diálogo platónico?
¿era el de Sócrates hinchando a alguien para que llegara el momento de
incertidumbre y posterior “ascensción dialéctica”? Volvemos al “eshimposhible”.
Además,
si bien me interesaban muchas cosas de didáctica especial, no sentía que
tuviera realmente asimilados más que los problemas de la enseñanza. Y ahí… ¡la
luz! ¿Qué problemas de la enseñanza? ¿qué problemas tuve yo como alumna? ¿cuáles
observé cuando miré otras clases? ¿cuáles tuve yo enseñando otra materia?
Si
bien era ficción, decidí enfrentarme conmigo misma, a mis miedos a la hora de
trabajar con materiales que yo podía amar pero que no sería lo mismo compartir
con otros que no lo habían estudiado como yo. Ahí me surgió la posbilidad de
hacer un diálogo no con las respuestas, sino con los problemas planteados en la
bibliografía pero con los que yo más me relacionaba, en especial, la
transposición dialéctica.
¿Qué
significa? ¿Cómo dar un material a los alumnos y lograr pasarles también el
gusto? ¿Se puede hacer transposición de nuestra pasión por la literatura, por
ejemplo? A medida que fui escribiendo el diálogo, me encontré con más y más
preguntas y me di cuenta que con todo lo leído, igual no tenía respuestas
concretas ni correctas.
Sin
embargo, llegué a una cierta “ascensión dialéctica”, a un poquito de claridad:
no quiero respuestas correctas. Lo cierto es que cuanto más me pregunto, menos
respuestas tengo, pero a veces con la pregunta alcanza. A veces lo que importa
es el camino, a veces, casi siempre me animo a decir, lo mejor es no tener
respuestas correctas, sólo preguntas.
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