jueves, 28 de noviembre de 2013

¿Teoría o ficción?-Diego Materyn




Creo recordar que lo primero fue el alivio, ese alivio que experimentamos a los primeros treinta o cuarenta segundos de pasar los ojos frente a una consigna, cuando una parte de nuestra conciencia ya empezó a resolverla o a calcular las chanches que tiene de hacerlo, sin que se lo hubiésemos ordenado. Ya hizo alguna estimación, entrevió algún resultado favorable y entonces sentimos, un poco avergonzados, la llegada de la frase más hermosa: Va a salir.
En cuanto al estilo de la consigna, más que sorprenderme por lo innovador de la propuesta (ya en una consigna anterior habíamos tenido que leer los registros de nuestros compañeros y armar una taxonomía como la del gaucho en Facundo), pensé que me sería difícil armar el texto de ficción sin que los contenidos disciplinares quedaran demasiado lavados. Ya de entrada supe que sería una obra de teatro y que iba a estar cerca de la ciencia ficción. Los personajes serían, apenas disfrazados, los propios Chevallard, Bronckart y compañía, defendiendo a rajatabla sus ideas. Me convendría buscar autores con puntos en discordia.
Cuando efectivamente me puse a escribirlo, noté que para promover el conflicto en la obra tendía a extremar las posiciones de mis personajes, malhumorados e intransigentes, llevando sus ideas al ridículo. No me molestaba que la obra resultara de humor, pero temí estar resignando pormenores teóricos, y demasiados. ¿No estaba reduciendo cada autor a una sola idea, y de forma insustancial? Es cierto que la consigna proponía imbricar ficción y teoría, creación y lectura crítica, pero después de todo era un trabajo a ser presentado en la gran facultad de Filosofía y Letras. La fidelidad: ¿a la ficción o a los contenidos disciplinares? ¿Cómo lo evaluaría mi profesora, qué preferiría leer? Cedí a mi primer impulso y armé el texto que más me divertía escribir, confiando en que si me interesaba a mí le interesaría a mi profesora, y rezando para que mi hilado grueso no le pareciera tan grave.

La infidelidad a las fuentes-Agustín Arispe



Una de las cosas que más me resonó, no cuando leí la consigna sino cuando intenté resolverla, fue la de la fidelidad a las fuentes. Para cumplir métrica y estilo del Cielito gauchesco me enfrenté a dos opciones: La primera consistía en escribir un diálogo de gauchos sumamente sofisticado que no sólo pecara de inverosímil y de no cumplir con las características del género sino además se ser casi ilegible, tanto porque se convertiría en un texto sumamente pesado como porque muchas cosas serían de difícil comprensión sin reposición de contextos y diálogos teóricos que existen en las teorías que tomé para la resolución de la consigna. La otra opción sería respetar las características del género en detrimento de la especificidad teórica de los saberes académicos que ponía en juego. Poner en boca de un personaje popular las teorías de Chomsky y de Bourdieu implicaría necesariamente simplificarlas e incluso proponer lecturas erróneas que pasaran a ser parte de la ficción que crearía. No sin renegar, elegí la segunda opción ya que interpreté que la consigna me pedía que escribiera un texto de ficción y no una ponencia sobre el lenguaje. El proceso de escritura de esta consigna estuvo acompañado de muchas cosas, siendo la más prominente de ellas la inseguridad. A cada paso sentía que estaba dejando algo sin decir, que el diálogo que estaba generando era una maraña de cabos sueltos a nivel teórico, que se entendía, pero que no dejaba traslucir ni los conceptos que ponía en juego ni la problemática que tenía intención de tratar en base a esos conceptos. O en su defecto, que se trataba de una manera de exponer esos saberes que yo jamás reproduciría en ningún otro ámbito. Tal vez lo que rescato es la ruptura con la fuente. Yo estoy seguro de no haber escrito un Cielito que tratara conceptos presentes en los autores mencionados, ni que abordara problemáticas presentes en esos autores. Fue una invención, un problema nuevo y un conocimiento nuevo que tuvo algún punto de apoyo en esas teorías pero que devino en algo totalmente distinto y que si hoy me preguntaran, no me gustaría que se relacione con ninguno de mis textos fuentes, ni siquiera con los textos de la gauchesca. Al menos no de manera directa. Esto no es porque tema no rendir fidelidad a mis fuentes sino porque para escribir este Cielito, para poder abordar la práctica material de la escritura de la consigna, en algún punto, irremediablemente, estas fuentes tuve que abandonarlas en su totalidad.    

Ficción ¿en Puan?-Macarena Lombardi





Cuando leí la consigna de la escritura de ficción, la primera sensación que me produjo fue la de sorpresa. Como con todas las materias de la carrera, esperaba alguna pregunta de análisis teórico, de exclusivo cruce bibliográfico. Por esta razón, cuando tuve que comenzar a escribir experimenté, para decirlo de alguna manera, ciertos “sentimientos encontrados”. Por alguna razón sentí que debía privilegiar, o la teoría, o la ficción, descartando completamente la posibilidad de conciliar ambos aspectos. Finalmente, como buena estudiante universitaria, terminé por otorgar el primer lugar a la teoría, lo cual tuvo resultados un tanto…desastrosos.
Mi obra de teatro incluía al carismático personaje de Bourdieu, quien trataba de explicar algún concepto teórico a un grupo de profesores confundidos. Sus preceptos teóricos, casi línea por línea, ocupaban poco más de la totalidad de los diálogos, de manera que cualquier clase de licencia poética quedaba relegada a un tono monótono y aburrido. ¿Pero dónde estaba, entonces, el género teatral? Bueno, lo cierto es que lo único propio de ese género de ficción era su estructura o, mejor dicho, su caparazón. Básicamente, lo que hice fue tomar la estructura dialogada, con sus parlamentos y acotaciones, como esqueleto para añadir la teoría. ¿Es que acaso era ese el objetivo de la  consigna? Por supuesto que no. ¿Entonces por qué lo interpreté de esa manera? Tal vez un ejemplo pueda ilustrarlo mejor.
Durante mi práctica, una de las primeras actividades que dimos a los chicos consistió en reescribir un cuento que habían leído desde la perspectiva de otro personaje. Luego de indicar a los alumnos dicha consigna en el pizarrón, me acerqué a una alumna para preguntarle si había entendido lo que debía hacer, ante lo cual me contestó con otra pregunta: “¿tengo que hacer un resumen del cuento?”.
Esta alumna, al igual que yo, activó el chip “actividad-típica-escolar/universitaria” y reinterpretó la consigna en base a lo que estaba acostumbrada a hacer. Así, antepuso una práctica tan cristalizada como el resumen o, en mi caso, el cruce bibliográfico, a una actividad de tipo más creativo y demandante.
Como conclusión, mi –fallida– experiencia de escritura me hizo darme cuenta de cuán arraigadas están ciertas prácticas y de cuán necesario es cuestionarlas y ponerlas en jaque.


Escritura ficcional: ¿volver a la escuela secundaria?-Ana Cristina Yuvero




Lo primero que pensé cuando leí la consigna del segundo parcial fue: “hace un montón de tiempo que no escribo ficción”, me acordé de mis años en la escuela secundaria. Sí, en esos momentos escribía ficción y de manera frecuente. Quería traer esos recuerdos así me ayudaban un poco con la redacción aunque también apelé a los textos que estaba leyendo en esos momentos. Pensé que iba a ser una buena idea abordar el género obra de teatro. Tengo que confesar que una de las correcciones del parcial fue que los personajes de la obra no dialogaban entre sí, se presentaban a sí mismos cuando la luz los iluminaba en el escenario pero no hablaban entre ellos. Así que creo que la idea de escribir ficción no resultó tan fácil como pensé. Por un lado, fue bastante complicado elegir a los personajes y  pensar qué iban a hacer en el escenario, qué nombres ponerles. Por otro lado, tenía que pensar sobre qué tema iban a hablar (bueno, no hablaron entre ellos, claro está, pero expusieron sus visiones sobre el tema). Elegí la lectura y las diversas formas de considerarla como práctica cultural. 
El problema es que en la “obra” que escribí todos exponen algo pero no dialogan: no dejo entrever las problemáticas que surgirían si cada uno de los personajes (con visiones diferentes sobre la lectura) discutieran entre sí: ¿qué pasaría si el personaje que concibe a la lectura como un deber cultural y escolar dialogara con el que considera a la lectura como una práctica cultural que se construye a partir de un diálogo con otros textos, con otras voces que emergen de la textualidad?, ¿qué se dirían entre ellos, qué harían para defender una forma de leer por sobre otra?
Cuando comencé a escribir la “obra” pensé que era como una especie de “marco teórico” en el que cada personaje representaba  una forma de concebir a la lectura en tanto práctica cultural: pero, ¿cómo veía yo a la lectura? La escritura de la “obra” me hizo pensar en mis propias concepciones y, además, comencé a preguntarme por las múltiples prácticas de lectura que podrían surgir en mis prácticas. Como reflexión final a partir de esa corrección me pregunto si esa homologación entre “marco teórico” de una monografía, en tanto género académico ligado a la Facultad, y mi “obra” no dialogada estaría mostrando que mi concepción de un marco teórico también es una representación no dialogada de posturas.

ESTO PUEDE LLEGAR A SER DIVERTIDO.Gisela Carrera Fernández




“Esto puede llegar a ser divertido”, fue lo primero que se me ocurrió cuando leí la consigna de la escritura de ficción. Por mi cabeza pasaban imágenes de teóricos debatiendo, algunos completamente ajenos a la bibliografía propuesta, en una confrontación entre pasado clásico y presente posmoderno, mezclado, rico, matizado, en diferentes idioma. Hasta releí El banquete de Platón.
Después pensé “No, es mucha gente hablando, para que me la complico, la consigna dice tres hojas, cuidado con el tono que querés tomar” –mis demonios satíricos me llevan a veces a lugares insospechados y de no grata visita-. “Acá dice cielito, ¿podría ser payada?”. La de la vaca de Le Luthiers quedaba hecha un poroto al lado de lo que yo tenía pensado.
Y después releí la bibliografía.
Y después me quedé pensando cómo meter todo eso –la bibliografía, digo- en semajantes formatos. “¿Y si no se nota que leí?”, decían los miedos, asomando su persecuta cabeza. “¿Y si esto es un engendro?, me temía, cosa completamente justificada, puesto que creo que a esta altura de mi carrera, intoxicada hasta las orejas de escritura académica, todo lo que escriba de ficción reviste el carácter genérico de engendro, y lo que es peor –o mejor, según donde se mire- de un engendro sin pretensiones, cosa que para aspiraciones literarias enn ciernes puede ser fatal.
Pero las aspiraciones literarias eran más modestas: aprobar el parcial. Por lo tanto, reduje el elenco estable que había pensado, los senté alrededor de una mesa, y los puse a conversar. El pensamiento desde el género, en este caso el género teatral, nulo por completo; ni siquiera pasó por mi cabeza la idea de que, en realidad, se estaba escribiendo una obra de teatro. Interesante: lo único que se me ocurrió, en ese sentido, fue respetar la trama de texto dialogal. Lo que está en el papel, lo es todo; lo que se ve en la puesta en escena, no es nada. O por lo menos no existía en mi cabeza. (Debo decir, en mi descargo, que la tragedia latina de Séneca, por ejemplo, no era representada, sino declamada; es un buen antecedente clásico).
Y ahora, a ver, a pensar. ¿Quiero escribir ficción, en algún momento? Antes lo quería, después lo perdí. ¿He estado escribiendo ficción, todo el año? A veces, es el carácter que revisten planificaciones, proyectos, y demás. No sé, puede ser, pero debo reconocer que, pocas veces, en todos mis años de Facultad he dado tantas vueltas para hacer algo. Y, tal vez, eso sea una buena cosa.